Javier Pons
Javier Pons — Diplomáticamente incorrecto
Retrato en blanco y negro de Javier Pons sentado en un sillón
Opinión personal · Nº 01

Nadie viene empujando

No se trata de vivir para trabajar. Se trata de no confundir una vida equilibrada con renunciar a crecer.

Nadie viene empujando

Cada generación piensa que la siguiente viene peor preparada. Lo decían de nosotros y seguramente nosotros lo diremos de quienes vienen detrás. Pero, incluso teniendo esto en cuenta, hay algo que cada vez me cuesta más ignorar: vivimos un momento de muy poca ambición.

Lo veo especialmente en el mundo del trabajo.

No hablo de todo el mundo. Sería injusto generalizar. Sigue habiendo gente joven con ganas, talento y una capacidad enorme. Pero observo en demasiadas personas una mentalidad basada en hacer únicamente lo imprescindible.

Si pueden sobrevivir con 1.200 euros, no sienten la necesidad de intentar ganar 1.300. Si pueden trabajar dos horas, no quieren trabajar tres. Si pueden mantenerse exactamente donde están, ¿para qué asumir más responsabilidades, aprender algo nuevo o arriesgarse a que salga mal?

Parece que el objetivo ya no es avanzar. Es vivir lo más cómodamente posible y con las mínimas responsabilidades.

Y no estoy defendiendo trabajar doce horas al día, aceptar cualquier condición o convertir el trabajo en el centro de la vida. Durante mucho tiempo se normalizaron situaciones laborales que no deberían haber sido normales. Tener tiempo libre, cuidar la salud mental y exigir unas condiciones dignas es completamente razonable.

Pero una cosa es no vivir para trabajar y otra muy distinta es no tener ningún interés por crecer.

Ambición no significa querer hacerse millonario. Puede ser aprender un oficio, mejorar en lo que haces, asumir una responsabilidad, montar algo propio o aspirar a ocupar algún día el puesto de la persona que hoy está por encima de ti. Ambición es no conformarte automáticamente con la versión más cómoda de ti mismo.

Cuando yo tenía veinte años, mirábamos hacia arriba. Queríamos aprender, progresar, demostrar y ocupar espacios que todavía no nos correspondían. Seguramente éramos incómodos. Un directivo podía vernos llegar y pensar que, si se despistaba, alguno acabaría quitándole el sitio.

Hoy miro a muchos jóvenes dentro del mundo laboral y me hago una pregunta bastante desagradable:

¿Quién de ellos viene a quitarnos el sitio?

Y, sinceramente, salvo que aparezca un enchufe o algún atajo, en la gran mayoría de los casos no veo a nadie.

No porque no tengan capacidad. Tienen más información y más herramientas a su alcance que cualquier generación anterior. Nunca había sido tan fácil aprender, formarse, emprender o mostrar lo que uno sabe hacer. Y, aun así, muchas veces no parece existir el hambre por aprovecharlo.

Es evidente que el contexto tampoco ayuda. Los salarios son bajos, acceder a una vivienda parece imposible y muchas empresas han pedido implicación sin ofrecer nada a cambio. Entiendo perfectamente que alguien deje de creer en discursos corporativos vacíos o que no esté dispuesto a regalar su tiempo a una compañía que mañana lo sustituirá sin pensarlo y que no valora su trabajo.

Entiendo que las condiciones te quiten las ganas de darlo todo por una empresa. Lo que no entiendo es que te quiten las ganas de hacer algo por ti.

Me preocupa una sociedad en la que demasiadas personas solo aspiran a terminar cuanto antes, llegar a casa, mirar el teléfono, ver el fútbol y repetir lo mismo al día siguiente. Una sociedad entretenida, cómoda y, en cierto modo, absolutamente dormida.

Porque cuando desaparece la ambición, no solo se estanca una empresa. Se estanca la propia persona. Y eso sí que es triste.

Quizá el problema sea que hemos confundido estar bien con no movernos. Que hemos convertido cualquier esfuerzo adicional en explotación y cualquier exigencia en una agresión. Queremos resultados, pero cada vez aceptamos menos el aprendizaje, la frustración y el tiempo que normalmente hacen falta para conseguirlos.

No sé si somos quienes mejor podemos dar lecciones. Seguramente cometimos muchos errores y aceptamos cosas que hoy no aceptaríamos. Pero hubo algo que sí tuvimos: ganas de llegar.

Y eso es precisamente lo que echo de menos.

No que la siguiente generación trabaje como trabajamos nosotros. No que repita nuestras decisiones. Ni siquiera que quiera las mismas cosas.

Lo que echo de menos es sentir que viene empujando.

Porque yo sigo teniendo inquietudes. Sigo queriendo crecer, aprender y avanzar.

Y quizá eso sea lo más preocupante: que sigamos teniendo más hambre quienes llevamos décadas trabajando que quienes deberían venir a quitarnos el sitio.

Fin · Nº 01
Javier Pons sentado en un sillón en un espacio industrial
Algo sobre mí

Sobre mí

Como bien dice la web, mi nombre es Javier Pons. “Javi” para los más cercanos.

He creado este espacio para escribir y compartir lo que pienso: ideas, inquietudes y dudas que aparecen en mi día a día. Algo bastante atrevido en estos tiempos, porque dar tu opinión abiertamente se ha convertido en un deporte de alto riesgo.

Ya tenemos una edad, lo que me ha permitido acumular unas cuantas vivencias y experiencias, tanto personales como profesionales. Me he reinventado, he tomado decisiones y he aprendido casi siempre sobre la marcha.

Algunas cosas han salido muy bien. Otras me han obligado a cambiar de opinión y de rumbo. Probablemente, de esas últimas es de las que más he aprendido.

La vida suele funcionar así: prueba, error, corrección… y, si sigues intentándolo, alguna vez llega el resultado.

No vengo a dar cátedra ni a dar consejos. ¿Quién soy yo para hacerlo?

No espero que estés de acuerdo y, sinceramente, tampoco lo necesito.

Es mi opinión. Solo eso. Está escrita desde el respeto, pero no para pedir permiso.

Si no estás de acuerdo, podemos debatirlo. De hecho, me encanta hacerlo, siempre que vengas a hablar y no a imponer.

Y si no te gusta o no te interesa, internet es muy grande.

Simplemente, no me leas.